Mauro Bertella

Cuerpo Europeo de Solidaridad

Una vez, un compañero de trabajo me invitó a una exposición de arte que él mismo había organizado. El tema de la exposición era el viaje, y me explicaba que había nacido precisamente del deseo de explorar este concepto de “viajar”. Al fin y al cabo, ¿a quién no le ha pasado, al menos una vez en la vida, detenerse aunque sea un instante a pensar en esto de viajar? Quizá cuando estamos de vacaciones en un lugar distinto de aquel en el que vivimos y, por un momento, pensamos en lo bonito que es estar allí, ver algo nuevo, descubrir otro rincón de este mundo, sentir bienestar, sentirnos más ligeros.

Sin embargo, aquella exposición representaba una idea distinta. Juan, mi compañero, cuyos orígenes están en Perú, una tierra muy lejana a aquella en la que yo vivía, contaba a través de una serie de fotografías el viaje de decenas de personas que cada día atravesaban el país para ir a trabajar. Eran imágenes divertidas, irónicas: personas sin nombre ni identidad definida que dormían mientras viajaban durante horas desde su casa hasta su lugar de trabajo. La imagen de pasar dos o más horas cada mañana para ir a trabajar, y luego regresar por la noche a la familia, pasando otras tantas horas de nuevo en tránsito. Algo curioso, y recuerdo que la sensación que tuve al ver aquellas fotos fue que no estaba viendo simplemente a personas dormidas, sino más bien a personas con un cansancio quizá más profundo, interior.

Al fin y al cabo, cada día salimos de casa, caminamos, vamos al trabajo, a la escuela, a la universidad, quedamos con alguien para tomar un café, para charlar, nos movemos para dar un paseo. Hay quien toma el autobús, el tren, quien se desplaza en coche, en bicicleta, quien prefiere caminar siempre; de vez en cuando tomamos un avión, nos vamos de vacaciones, visitamos otra ciudad, otro lugar. Al final, estamos en constante movimiento, en lo pequeño y en lo grande, en distancias cortas o largas. Entonces, ¿estamos siempre viajando? ¿O viajar significa solo visitar otra ciudad u otro país?

Después volví a casa y empecé a hacerme precisamente estas preguntas, a reflexionar sobre este tema del viaje. Es decir, empecé a construir mis propias películas mentales sobre este concepto: de una reflexión surgían mil más, hasta que, en un momento dado, recordé algo que me había ocurrido ver repetidas veces en los últimos años.

¿El qué? Muy simple: las llegadas. Porque, salvo alguna excepción, no hay viaje sin un destino. Vi muchas llegadas, precisamente en mi ciudad natal, Génova. Llegadas de personas que huían de sus países, escapando de la guerra, de la violencia; llegadas de víctimas de trata; de personas que alcanzaban mi país en embarcaciones precarias, huyendo de campos de detención o expulsadas de su tierra de origen.

Durante tres años trabajé como operador social en un proyecto de acogida para migrantes, y sin embargo, durante todo ese tiempo, hasta que no vi aquella exposición, nunca me había cuestionado el significado del viaje, ni hasta qué punto puede ser tan diferente y subjetivo según quien lo viva, ni lo variado que puede ser en sus mil esfumaturas.

Por primera vez en mi vida, decidí emprender un viaje: irme a vivir a otro lugar, venir a Bilbao para probar una nueva experiencia. Me dije: “quiero intentar algo nuevo, algo más ligero, vivir esa famosa experiencia en el extranjero de la que tanto he oído hablar”.

Llegué aquí y he vivido durante meses esta experiencia de voluntariado. He sentido gratitud, entusiasmo, felicidad; me he sentido presente, pleno y, sobre todo, ligero, cumpliendo así mi intención inicial. Pero también he experimentado emociones menos agradables: mucha nostalgia, a veces tristeza, la incertidumbre y el desconcierto de no tener un destino claro en la mente, de estar aquí pero no del todo, de no saber quizá cómo construir un entorno propio.

He pensado muchas veces en frases que yo mismo decía a otras personas cuando trabajaba como operador social: “Tienes que esforzarte por aprender el idioma, así podrás encontrar trabajo y construir tu autonomía”, “Es importante tener paciencia, tarde o temprano las cosas llegan, pero necesitan tiempo”. Nunca había pensado que tendría que vivir esas mismas palabras en primera persona, en mi propia experiencia de vida.

Porque el CES, el voluntariado europeo, no está hecho solo de momentos maravillosos, de recuerdos imborrables de diversión, de compartir y de ligereza, que los hay, y muchos, no lo pongo en duda. También hay momentos “no”, días en los que piensas: “mañana será otro día, porque hoy no puedo más”. Y, aun así, me siento profundamente agradecido por esos momentos, igual que por todos los demás; los más agradables y los menos, todos me parecen igualmente importantes.

¿Qué es el CES para mí? Es una oportunidad para reflexionar sobre mí mismo y sobre mis intenciones en esta vida, en este mundo; sobre lo que hago y lo que podría hacer para mejorarlo, para mejorarme a mí mismo y, quizá, mejorar la vida de los demás.

Cada mañana me reúno con mis compañeros y compañeras para llevar a cabo mis “tareas” como voluntario, pasando el tiempo no tanto trabajando como estando bien juntos, bromeando, divirtiéndonos, tomando un café (porque aquí, al menos una hora para tomar café y charlar es casi obligatoria). Por las tardes voy a Tarrasta, un espacio tan valioso e increíble que comparto con los niños y niñas de Etxebarri, porque no es un lugar donde estamos nosotros por un lado y ellos por otro, sino un espacio en el que estamos juntos, nosotros y ellos, co-creando, y lo pasamos realmente bien. Cada mes realizamos y participamos en distintas actividades; cada día me conozco un poco más y tengo la oportunidad de conocer a las personas que me rodean en mi día a día.

Y estoy profundamente agradecido por todo esto, por cada momento, sea agradable o menos agradable, por cada instante que me permite reflexionar y explorar este concepto de viaje que nació en mí precisamente en aquella exposición.

Estoy agradecido, porque este gran viaje mío he podido hacerlo con algo con lo que muchos grandes viajes, en cambio, comienzan sin ello: la elección.

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