Lisa Maria Farris Cuerpo Europeo de Solidaridad Hola a todos, soy Lisa, tengo 29 años y desde septiembre estoy realizando mi proyecto de voluntariado europeo en Bilbao, con la asociación Kiribil Sarea, en la entidad Ausartzen, en Erandio.Antes de llegar a Bilbao ya había tenido una experiencia de voluntariado en España, y sentía la necesidad de seguir en el ámbito social. Algo dentro de mí me decía que ese era mi lugar, que trabajar con personas (especialmente con niños y jóvenes) tenía un sentido más profundo para mí.Así que en abril del año pasado empecé a moverme para buscar una nueva oportunidad que pudiera enriquecerme tanto a nivel personal como profesional. Las motivaciones que me llevaron a elegir el voluntariado son muchas, pero principalmente sentía el deseo de hacer algo más con mi vida.En Italia tenía un trabajo y una rutina que ya no reflejaban quién era realmente. Me sentía un poco desconectada de mí misma, como si estuviera viviendo una vida que no me pertenecía del todo. Así que, con mucho valor (y también con bastante miedo), decidí irme. Fue un salto al vacío, hacia algo desconocido, pero con la esperanza de que fuese mejor. Y bueno, puedo decir que lo fue.Mis expectativas se han cumplido completamente, aunque no voy a mentir: los primeros meses fueron difíciles. Tenía miedo, muchas dudas, y sobre todo inseguridades relacionadas con mi edad. A los 29 años parece que todo el mundo ya tiene claro su camino, una dirección definida, estabilidad… y yo sentía que estaba “perdiendo el tiempo”. Esa sensación me acompañó más de una vez, pero con el tiempo entendí que no era real. No estoy perdiendo el tiempo. Estoy invirtiendo en mí.Me gustaría que mis palabras pudieran dar un poco de ánimo a todas aquellas personas que, como yo, deciden empezar una experiencia de voluntariado “más tarde”. No es tarde. Nunca es tarde para elegirte, para cambiar, para buscar algo que te haga sentir viva. El voluntariado no es tiempo perdido: es una oportunidad enorme de crecimiento, tanto personal como laboral. Y puedo decir claramente que el mayor aprendizaje lo recibo cada día de los niños y jóvenes con los que trabajo. A veces tengo la sensación de no estar haciendo nada “importante”, pero luego llega una sonrisa, un abrazo, una palabra bonita… y entiendo que sí, que estoy dejando una pequeña huella. Y ellos también la están dejando en mí. Creo que una de las “enfermedades” más grandes de nuestra sociedad es la necesidad constante de ser productivos al 100%, sin permitirnos parar. El voluntariado también es esto: aprender a ir más despacio, a valorar lo pequeño, a entender que incluso cuando no estamos “produciendo”, seguimos siendo valiosos y capaces de aportar algo positivo a los demás.Esta experiencia tampoco sería la misma sin las personas que me acompañan en el camino. Mis compañeros y compañeras de voluntariado se han convertido en una familia lejos de casa. Han compartido conmigo días increíbles y también momentos difíciles, me han visto en todas mis versiones, y han sido un apoyo fundamental. Con ellos he aprendido algo muy importante: volver a confiar en las personas. Llegué con ciertas dudas, con miedos y con una especie de protección hacia lo desconocido, pero poco a poco, a través de la convivencia y del día a día, he ido recuperando esa confianza. Me han demostrado que se puede volver a creer en los demás, que se pueden crear vínculos reales incluso cuando todo empieza desde cero, y que no siempre es necesario conocer a alguien de toda la vida para sentirte acompañada.Y luego está Bilbao. Esta ciudad me está dando muchísimo Me he enamorado de su cultura, de su gente, de su energía… e incluso de su clima impredecible, que de alguna manera también me representa. Me encantaría poder seguir viviendo aquí, porque siento que este lugar ha llegado a mi vida en el momento justo.Si tuviera que dibujar esta experiencia, sería como una montaña rusa: llena de subidas intensas, momentos de felicidad pura, pero también bajadas y curvas complicadas. Y lo bonito es justamente eso: todo pasa, todo cambia, y todo forma parte del viaje.Ahora que faltan pocos meses para que esta experiencia termine, siento una especie de sensación agridulce. Por un lado, me doy cuenta de que está llegando a su fin, y eso me genera nostalgia. Pero al mismo tiempo, siento que todavía queda mucho por vivir, por aprender y por compartir. Y quizás es precisamente eso lo que la hace aún más especial.No sé qué será del futuro, ¡pero qué gusto es vivir el presente!