Laura Nascimben Cuerpo Europeo de Solidaridad Entre dos vidas, una ciudad: mi camino en BilbaoConocí Bilbao hace unos cinco años, eligiendo la ciudad aleatoriamente como destino Erasmus. Con el tiempo, puedo decir que fue una de las decisiones más bonitas de mi vida :)Al principio la odié, luego me enamoré… ¡y quizá sea precisamente ese contraste lo que la hizo tan especial! Una vez terminada la universidad, volví aquí gracias al programa CES, que me permitió descubrir una segunda versión de esta ciudad.Durante mi primera experiencia no logré adentrarme completamente en la cultura vasca, aunque en el ambiente ya se respiraba algo distinto: una mezcla de activismo, fiesta y fuerte identidad. Hoy, en cambio, puedo decir que estoy aprendiendo a conocer Bilbao en profundidad, viviéndola más “desde dentro”, apreciando todo lo que la hace única: desde el Euskera hasta el clima (sí, ¡también eso!). Y es precisamente esta cotidianidad hecha de pequeños detalles la que, día tras día, me está haciendo sentir cada vez más parte de este lugar.Euskal Herria, al final, se convierte en un estilo de vida. Al principio te pone a la prueba: es intensa, tanto desde el punto de vista estético (con las montañas que la rodean y un mar tan poderoso) como desde el punto de vista humano, con su fuerte sentido de pertenencia y su gran fidelidad. Pero es precisamente esa intensidad la que consigue transmitirte algo profundo, hasta hacerte sentir, al menos un poco, parte de todo ese orgullo. Es una tierra que no se queda en la superficie: te atraviesa, te interpela y, si le dejas espacio, te transforma.Haber tenido la oportunidad de hacer mi voluntariado aquí ha sido una gran suerte. Me ha permitido volver a Bilbao y, al mismo tiempo, dedicarme a lo que me gusta y para lo que he estudiado, comparando también las diferencias entre mi país, Italia, y Euskadi; no solo a nivel social, sino también profesional. Este contraste constante es una riqueza que llevo conmigo cada día y que me está ayudando a construir una mirada más amplia y consciente sobre mi futuro.En particular, estoy realizando mi voluntariado en Galdakao, en espacios de ocio y tiempo libre dirigidos a jóvenes. Participo tanto en actividades en contacto directo con ellos como en tareas organizativas y de coordinación, pudiendo observar también todo lo que sucede “detrás de las cámaras” de los espacios educativos. Esta doble perspectiva me está permitiendo desarrollar competencias no solo educativas y sociales, sino también pedagógicas y organizativas, fundamentales en cualquier entorno educativo. Al mismo tiempo, me está enseñando la importancia de crear espacios seguros, inclusivos y estimulantes para los jóvenes, donde puedan sentirse escuchados y libres de expresarse.Además, gracias al CES he descubierto muchas otras oportunidades de voluntariado y experiencias que Europa ofrece a los jóvenes que quieren ponerse a prueba y salir de su zona de confort. Porque no es solo una experiencia profesional, sino también profundamente personal: te permite conocer a personas de toda Europa (y no solo), cada una con su propia historia y sus propias motivaciones. Nosotros somos siete y, tengo que decirlo, ¡somos una cuadrilla estupenda! Algunos acaban de llegar y están empezando ahora a adaptarse… un poco perdidos, pero también llenos de curiosidad. En este pequeño grupo se crea una especie de hogar lejos de casa, hecho de momentos compartidos, risas y también espacios de reflexión.Por supuesto, no todo es siempre perfecto. Hay momentos de “bajón” emocional que llegan de repente, quizá después de semanas de entusiasmo. Forma parte del proceso, y es importante aprender a reconocerlos y gestionarlos. Por ejemplo, cuando me pasa a mí, intento no desanimarme y pienso en los momentos más bonitos vividos aquí: el abrazo de un niño, un “te hemos echado de menos”, un kalimotxo compartido. Son pequeños episodios que guardo con mucho cariño, porque tienen un valor enorme y me ayudan a volver a levantarme.Estos momentos difíciles son inevitables, pero también necesarios: marcan un punto de inflexión, te enseñan algo y, sobre todo, pasan. Me gusta compararlos con el xirimiri: esa lluvia fina y constante que parece casi inofensiva, pero que poco a poco se te mete bajo la piel. A veces es tan persistente que necesitas un paraguas y refugio; otras, en cambio, terminas aceptándola, sigues caminando y casi te olvidas de que está lloviendo. Y, sin darte cuenta, aprendes a convivir con ella, a darle un sentido, incluso a apreciarla. Un poco como pasa con las emociones: no siempre se pueden controlar, pero sí se pueden atravesar.Al final, Bilbao es también eso: un equilibrio entre intensidad y ligereza, entre reto y descubrimiento. Es una ciudad que acoge, pero que al mismo tiempo te pide implicarte, escuchar y dejarte transformar. Y quizá sea precisamente por eso por lo que sigo eligiéndola; o, quién sabe, tal vez sea ella la que me sigue eligiendo a mí!Laura, una voluntaria italiana Galería