Isabella Marenghi Cuerpo Europeo de Solidaridad El lunes 22 de septiembre de 2025 me despedí de mi familia y, con solo una gran maleta y una mochila, desde el aeropuerto de Milán-Malpensa tomé un vuelo directo a Bilbao.Recuerdo muy claramente aquellos primeros minutos en el aeropuerto: no era solo un viaje, sino el comienzo de una nueva etapa. Aunque intentaba mantener la calma, sentía que estaba entrando en algo completamente nuevo. Por primera vez me alejaba de casa sola durante varios meses, a un país diferente, con una lengua que había estudiado años atrás, pero que llevaba tiempo sin usar.La sensación era doble. Por un lado, la emoción por algo que había elegido; por otro, la conciencia de dejar atrás todo lo familiar: amigos, familia y rutinas. No de forma definitiva, pero sí el tiempo suficiente para entender que, a mi regreso, yo no sería la misma.La información que tenía antes de partir era poca y muy práctica: un nombre, el de mi tutor, una dirección, un infopack y algunas imágenes del País Vasco. Todo lo demás era todavía imaginación. Ninguna de esas informaciones podía prepararme realmente para la complejidad de la experiencia que iba a comenzar.Antes de llegar al País Vasco, tenía una vida bastante organizada: había terminado la universidad y había empezado a trabajar como profesora, pero sentía que necesitaba algo más. Quería sentirme más adulta, vivir sola una experiencia en el extranjero y cambiar mi perspectiva. Así que empecé a buscar oportunidades y descubrí el programa CES. El proceso no fue fácil, pero ahora siento que estoy viviendo el cambio que necesitaba.Los primeros meses fueron de profunda adaptación: otro país, otro idioma, nuevas personas y dinámicas diferentes. Aunque tengo 25 años, a menudo me sentía como si estuviera empezando de nuevo, volviendo a aprender cosas que daba por hechas.Una de las cosas más importantes fue construir una rutina. No rígida, pero sí estable: curso de español, gimnasio, cine o simplemente momentos para mí. Me ayudó a mantener el equilibrio mientras todo cambiaba.Otra cosa fundamental fue la ciudad. Antes de instalarme en Bilbao viví en Portugalete, donde caminaba mucho para conocer el entorno. Era una forma simple pero necesaria de entender el lugar.En marzo me trasladé a Bilbao, donde continúo mi experiencia. Este cambio marcó una evolución importante: viniendo de una ciudad grande como Milán, poco a poco me he sentido más en casa aquí.También el grupo de voluntarios que conocí desde el inicio ha sido clave. Con el tiempo se ha formado una pequeña familia, una cuadrilla un poco rara de personas que, por diferentes motivos, decidieron dejar su país y cruzarse en este camino.Con ellos he compartido momentos muy simples pero importantes: cenas, viajes, conversaciones y también días difíciles. Tener a personas que están viviendo algo parecido hace que todo sea más fácil y comprensible sin necesidad de explicarlo demasiado.En particular, los tres voluntarios italianos han sido un punto de referencia constante, sobre todo durante los dos meses en los que viví sola en Portugalete. Aunque no estábamos muy cerca, me hicieron sentir acompañada y vista en un momento en el que me sentía bastante sola. Con ellos creo que he construido relaciones sinceras y de profunda amistad, que espero mantener después del proyecto.Paralelamente, comenzó el trabajo real. No fue algo inmediato ni lineal, sino progresivo. Empecé observando y acompañando a los equipos de los grupos scout y jóvenes para entender cómo funcionaba todo.Con el tiempo fui participando más activamente en la organización de actividades.Las actividades con jóvenes han sido el corazón de la experiencia. El campamento de Pascua fue uno de los momentos más significativos. Siendo scout en Italia, me sorprendió ver cuánto se comparte el método educativo, pero también cómo cambia en la práctica. En esa ocasión propuse una actividad sobre el movimiento scout italiano y la cultura italiana. No era algo complejo, pero fue la primera vez que sentí que aportaba algo propio al proyecto.En general, tanto monitores como jóvenes han sido muy acogedores. Esto ha facilitado mi integración y ha dado continuidad al trabajo diario, que muchas veces se construye en pequeños gestos más que en grandes eventos.Junto a la dimensión profesional, la vida cotidiana ha sido igual de importante. Vivir aquí significa entrar en contacto con una cultura a través de lo cotidiano: la vida en la calle, los bares, el clima y la forma de disfrutar incluso de los pequeños momentos de sol. Pero sobre todo ha significado descubrir la cultura vasca, de la que sabía muy poco antes de llegar. Está presente en muchos aspectos de la vida diaria: el idioma, las fiestas, las tradiciones, el uso de los espacios públicos y el fuerte sentido de comunidad. Conocer esta realidad ha sido una parte esencial de mi proceso aquí, porque me ha obligado a observar más, a cuestionar mis referencias y a abrirme a algo completamente nuevo. También ha sido un aprendizaje para adaptarme a un entorno que poco a poco ha dejado de ser extraño para volverse familiar.En este momento aún no he vuelto a casa: me quedan unos tres meses de experiencia aquí en el País Vasco. Durante este tiempo quiero aprovechar al máximo las últimas semanas para vivir la experiencia con más conciencia, seguir explorando el territorio, viajar cuando sea posible y dejarme llevar un poco más por el ritmo cotidiano, “ir fluyendo”, sin la necesidad de controlar o planificar todo al detalle. La idea es estar más presente, observar mejor lo que me rodea y cerrar esta etapa con calma, absorbiendo todo lo que todavía puede ofrecerme.Cuando vuelva a Italia, me gustaría llevar conmigo un poco de la “yo de Bilbao” a mi vida futura: no como un cambio radical, sino como una capa añadida. Una forma diferente de afrontar las situaciones, una mayor apertura hacia lo nuevo y a confiar más en las personas (siempre te sorprenden) y, sobre todo, la conciencia de que crecer no es un punto de llegada, sino un proceso continuo que se construye con el tiempo, a través de experiencias, personas y la vida cotidiana vivida de verdad.